Torero

La Plaza se llenaba poco a poco de gentes que entraban sonriendo y conversando a viva voz, los vestidos de todos colores y los sombreros agitados al viento, convertían a las gradas en una enorme boca abierta que mostraba sus papilas deseosas de saborear la sangre latiente de bestias y hombres.
El sol sudaba las camisas de algodón almidonadas y redoblaba la velocidad en los abanicos de las mujeres, que miraban con desdén a los borrachos que recorrían las tribunas como moscas mareadas.
En la parte baja de la plaza, piqueros y banderilleros se mantienen callados uniéndose por la mirada, haciendolos cómplices de su honor y temor. En el otro extremo, en una suerte de gruta, reservada para la entrada de los toreadores. Se encuentra Ignacio con sus 18 años, de rasgos moros y ojos grises como el plomo. Hoy enfrentará a su primer toro bravo, una bestia hermosa de cuero negro, de enormes músculos que brillan mientras convulcionan bajo la piel lustrada por el sudor. Ignacio se mira en el espejo mientras con voz apenas audible reza a la Santa Madre, para que lo guarde con su manto sagrado de una corneada que lo aleje para siempre de los vivos. Termina de colocarse el traje de luces mientras contempla en silencio cada tramo de su cuerpo, perdiéndose en los colores y los hilos de oro y plata, acaricia la seda suave y apretada que lo rodea como una segunda piel. A pocos metros su padre y el mozo, que lustra la espada, están en completo silencio, le dirijen miradas de amor y admiración como quien venera un santo. Él, cierra los ojos y se escapa, regresa por completo a la noche anterior con Maria; se entierra en su piel; en su aroma. Recuerda la tersura de sus muslos, sus caderas cabalgando el aire, sus dedos queriendo rasgarla y el cabello oscuro de la muchacha que se derrama acariciando su pecho como mil manos, como mil lenguas…
Toda la gruta esta en penumbras, se respira un aroma de lavanda y rosas que lo invade todo, un tul ligeramente perfumado parece envolver el aire. Algunos rayos de sol se filtran por las pequeñas ventanas y acarician casi con respeto la imagen de la Virgen y del Sagrado Corazón.

El capote a la altura del pecho y de rodillas Ignacio mira la imagen santa y ora por última vez, no por el miedo ni el toro, si no por ella y por el. Las paredes retumban esporádicamente por los gritos de la muchedumbre que se excita por alguna faena a cargo de los banderilleros. El matador sale caminado lo más esbelto que puede, a cada paso que da, su traje de oro y seda destella miles de brillos hipnotizando a los espectadores que lo reciben con un millón de aplausos. La muy buena faena de los banderilleros y piqueros han dejado al toro listo para el espectáculo que la gente reclama con gritos y aplausos. Ignacio recibe la primera envestida con la rodilla en tierra, dándole al toro dos giros completos. El gentío explota, mientras el matador se incorpora y doblando su fino cuerpo hacia atrás nuevamente, capote en mano hace girar al animal tres, cuatro hasta cinco veces y se clava en la arena con tanta fuerza que los cuidadores creen que el piso se ha movido.

El torero dirije una mirada de acero hacia las gradas, para luego hundirse en los ojos negros de la bestia, que pide muerte. Ha pedido otra espada.

En perfecta perpendicular con el cielo se perfila Ignacio y busca pinchar el hueso, el toro embiste una vez mas y pasa a centimetros de su pecho engañado con una majestuosa vuelta de capote.

Nuevamente el joven, se congela en el tiempo y se lanza con el acero que se funde en su mano y se clava hasta el puño rosando el pelaje. La plaza completa, esta de pie y los sombreros vuelan, la bestia se derrumba y la sangre brota manchando la dorada arena. Un segundo después arremete con lo que le queda de vida, ciego de furia clava su cuerno destrozando el traje de luces y desgarrando la carne de Ignacio. La sorpresa enmudece a la gente, el torero gira sobre la arena evitando la proxíma embestida, mientras los muleteros intentan con los capotes alejar a la bestia cegada de furia y de muerte. La embestida es presisa y asesina, una vez más el cuerno se hunde en la carne y suspende en el aire el cuerpo del joven dejandolo de pie.

Su rostro se oscurece y los ojos pierden el brillo, camina unos pasos y cae. Al mismo tiempo que el toro resopla por última vez desparramado como una mancha enorme de oscuridad que pareciera cubrir toda la arena.

El pelo perfectamente peinado y perfumado con azares de jazmín, ahora esta revuelto y sucio de arena, lo suben a la camilla y la gente ve pasar por el corredor al torero, con la mirada ida y la piel azulada, con una expreción de ausencia que todos entienden como de muerte.

Ignacio ha muerto, María morirá meses después de nostalgia y tristeza.

 

Crónica inspirada en la muerte de José Cubero “Yiyo”

 

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Published in: on enero 20, 2011 at 3:27 pm  Dejar un comentario  

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